12/9/08

Sobre Sir Lugh: sir Roderik y la batalla contra los fomorianos

"Cuenta la leyenda que alguna vez la isla de Hibernia (la actual Irlanda) estuvo poblada por seres brutales y poderosos, el pueblo de Fomore, liderado por el malvado Valor. Esta raza fue erradicada por los danaanos, una raza de luz y sabiduría que gobernó hasta la llegada de los humanos, quienes se instalaron en la isla sin que nada los amenazara. Pero los Fomorianos han regresado a reclamar lo suyo y esperaban al pueblo irlandés en las llanuras al norte dle Ulster. No hay forma de vencerlos, a menos que llegue ayuda del Este, la ayuda del Rey Arturo..."



Una mañana gris, el cielo cubierto por grises nubes era mudo testigo del movimiento de un campamento de miles de soldados esperando la gran batalla que se llevaría a cabo al despuntar el alba.

Sir Roderik llegó al lado de sir Mitrán, quien lo había instruido desde pequeño en las artes de la guerra, pero esta era su primer batalla y sabía muy bien que podía ser la última. El viejo maestro trataba de animarlo a menudo, pero Roderik seguía parco, sólo algo lo animaba; haberse alejado de su hermano Gokeron, quién aún no había sido nombrado Caballero, pero de quién se decía sería tan bueno como sir Gawain y que llegaría sin duda a la corte de Camelot.

Sir Mitran conocía los fantasmas que atormentaban al joven, por ello había adelantado su nombramiento y lo había traído con sus hombres a estas tierras del Oeste para que gane reconocimiento en batalla y adquiera confianza.

La faena no parecía fácil, la antigua raza de fomorianos que alguna vez había ocupado Hibernia estaba de regreso. El rey Finn McCumal pidió ayuda a Arturo, quien envió a sir Gawain con 20 caballeros de la Tabla Redonda al mando de un ejército de mil hombres, mandando además a los distintos reinos de Britania a que hiciesen lo mismo.

Así, sumados a los irlandeses se formó un ejército de 5000 hombres. Todo aquel que haya querido probar su valor se había enlistado y se hallaba a la espera de la batalla contra quienes se decía eran aún más feroces que Picts, Saxons, Anglos o cualquier otra raza conocida.

El campamento ocupaba una gran llanura y en su centro se hallaban las tiendas de los oficiales planeando la contienda, escuchando atentamente las directivas de Gawain, quien sería General en el campo de batalla, aún por sobre el rey Finn quien, debido a su avanzada edad no entraría en combate.

Lejos, en los perímetros, caballeros y soldados se reunían alrededor de enormes fogatas a beber vino y cerveza a más no poder, era sabido que muchos eran los hombres que entraban ebrios al combate para aplacar sus miedos y así luchar sin inhibiciones. El clima entre los hombres era bueno, el enemigo común los había unido.

Sir Mitran se había ido a las reuniones del centro del campamento, pero pidió a Roderik que cuide sus cosas y que no se impaciente ya que pronto lo presentaría con Gawain. El joven obedeció a regañadientes, una leyenda viviente se encontraba muy cerca de él y todavía no lo había visto. Por otro lado el alejamiento de su mentor le daba vía libre para acudir a las reuniones alrededor del fuego y a las rondas de cerveza y, con suerte, vino.

Parecía estar todo el mundo, compañeros de viejas batallas y antiguos enemigos, todos formando parte del grupo militar más poderoso que se recuerde en aquella época. Una vejiga de vino que pasaba de mano en mano fue a caer en poder de Roderik, quien dio un largo sorbo que produjo aplausos por parte de quienes lo rodeaban. Al pasar la vejiga a otras manos el joven divisó a lo lejos una figura solitaria.

Estaba parado junto a su caballo con la mirada fija hacia el Sudeste, por alguna razón el único rayo de luna que se escapó de la barrera casi infranqueable formada por las nubes le había iluminado, permitiendo que llamara la atención definitiva de sir Roderik.

-¿Quién es aquel?- preguntó el joven caballero a un hombre tuerto y con la nariz ya roja por el alcohol.
-¿Ese? es un orcadiano solitario, dicen que fue hecho Caballero hace como un año por la hermana del rey Arturo, Morwuase. Yo no me acercaría a él; no habla con nadie, sólo vino a luchar, tras la batalla se irá como vino, en silencio-

Al oir esto aumentó la curiosidad de Roderik y volvió a preguntar.

-¿Tú lo has visto pelear?¿es bueno?¿crees que saldrá con vida?-

El hombre tuerto se volvió hacia el joven que lo interrogaba y decidió sacarlo de apuros como muestra a su demostración etílica de hacía unos minutos, cosas que suceden entre ebrios.

-¿Ves aquel hombre sin su antebrazo izquierdo? Hace seis meses se había apostado en un puente en los lindes de Cobernic, donde se dedicaba a cobrar tributo a quienes quisieran cruzarlo, sólo había dos formas de hacerlo: pagando o venciéndolo en singular justa. Lo cual no era algo fácil ya que era un gran guerrero y muchos eran los que ya habían caído bajo el filo de su espada. Pero el joven orcadiano lo desafió y lo derribó en el primer choque, una vez en el suelo y con espadas en mano le amputó la mano de un solo golpe. Ahora el camino está libre.

La breve historia fascinó a Roderik, quien se levantó y abandonó la reunión en pos de aquella figura solitaria.

-¿No te gustan las multitudes, eh?

Parecía que el orcadiano no había oido al joven Caballero, seguía con su vista fija hacia el Sudoeste.

-No quiero estar ebrio mañana, necesitaré todos mis sentidos alertas-

Por un instante los dos jóvenes quedaron cara a cara, parecía que Roderik era mucho mayor a pesar de tener ambos la misma edad.

-Yo soy Sir Roderik, nacido en Londinium pero criado en tierras de Caledonia, la mano derecha de Sir Mitran quien es amigo de Sir Gawain-

-Soy Lugh, Caballero andante, presto mis servicios a cambio de víveres y hospedaje, pero no tengo tierra-

-Escuché que eras orcadiano-

-Nací en las Orcadas, pero ha pasado año y medio desde que abandoné aquellas tierras, hice la promesa de no radicarme en ninguna tierra que no sea la corte de Camelot, y que sólo serviré al rey Arturo.

-Pués ese también es mi sueño, así que seguramente nos veremos y pelearemos codo a codo por el honor de la Tabla Redonda-

-Si sigues bebiendo no pasarás de mañana, hazme caso y vete a dormir-

-Sólo lo haré si prometes luchar mañana a mi lado-

-Pués mi caballo y yo estaremos a tu lado-

Ese fue el final de la conversación, cada uno partió para su lado, Roderik comprendió hacia dónde miraba Lugh ya que al sudeste de ahí se hallaba Camelot.

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Con la primera luz el ejército ya estaba listo, Mitran y sus hombres estarían en el grupo de reserva, y atacaría en una segunda carga, lo que alejaría a sir Roderik de los hombres de la Tabla Redonda quienes se hallaban en la primera línea de caballería; pero no era lo único malo, sir Lugh no había aparecido. De pronto un pequeño interrumpió su concentración.

-Traigo un mensaje para usted-
-Pues dilo, ¿qué esperas?- El niño pensó un momento y haciéndose el serio se expresó de la siguente manera.

-Lamento no cumplir con mi promesa, me ha tocado el ala derecha de la primer carga, espero encontrarte vivo al final del día- El muchacho tomo un para de monedas y se marchó corriendo.

Las fuerzas de reserva estaban ansiosas, veían la batalla esperando la señal. Por lo que se podía ver los fomorianos eran guerreros formidables.

La primera carga de caballos no parecía haber causado grandes estragos, la ayuda de la infantería irlandesa niveló un poco la contienda cuando los enemigos del Oeste parecían tomar ventaja. El estruendoso ruido del metal y los gritos llegaban a oídos de Roderik, que ya estaba ansioso esperando la orden de atacar. De repente sonó un cuerno desde su derecha, era la orden.

Sólo quien cabalgue a toda velocidad con una lanza en mano y un escudo en lo otra en curso directo de colisión contra otra persona podrá comprender la adrenalina que se siente, el poder de acabar con el mundo en una mano, el viento en la cara, no hay nada mejor, ni nada que interrumpa ese sentimiento, al menos hasta que se llega la otro extremo.

En este caso un enorme fomoreano de unos dos metros y ciento veinte kilos de músculo era el "otro extremo"; la lanza se clavó en su escudo y lo traspasó clavándose a través de su cota de malla en el cuerpo del enemigo; recuperarla era imposible, así que sir Roderik desenvainó su espada y comenzó a dar mandobles a diestra y siniestra sobre tremendos enemigos y pronto se vio cubierto de sangre, tanta que no veía absolutamente nada.

Los enormes seres resultaron ser formidables luchadores, muchos seguía revoleando sus gigantescas hachas a pesar de las heridas y las mutilaciones recibidas por parte de la caballería brito-irlandesa. Fue un ser gigantesco el que, con un golpe de su brazo, derribó el caballo de Mitrán; por suerte para él, Roderik se hallaba cerca para sacarle la cabeza al hombre del Oeste de un solo tajo salvando así la vida de su mentor. Esto no fue lo único que Roderik hizo por su mentor, sino que también le cedió su caballo para que este no peleara a pie, dejando para sí esa tarea tan deshonrosa. Desde abajo la batalla era totalmente distinta, pues se dice que un hombre a caballo vale en combate lo que seis a pie, y desprovisto de esa ventaja el joven Caballero s evió en problemas sin saber de donde vendría el próximo golpe.

De golpe un sacudón en la base del yelmo lo tiró al suelo, nunca supo que fue lo qu ele pegó, ni siquiera cómo es que no había muerto.

Con el tiempo Roderik sólo recordaría el instante en el suelo, no cuanto tiempo duró, sino el sentirse aturdido y sin reacción en su cuerpo; pero lo que nunca olvidaría sería el gusto a su propia sangre en la boca, sangre que lo estaba asfixiando dentro de su yelmo. Volvió en si cuando una enorme mano lo tomó por la cabeza y lo levantó sosteniéndolo en el aire tal como lo había alzado sin hacer el menor esfuerzo. El fomoriano estaba desprovisto de armas y una horrible herida le recorría la cara en diagonal de derecha a izquierda, sus ojos estaban inyectados en sangre y Roderik sólo podía leer en ellos una sola cosa: su propia muerte.

Quizá fue suerte o algún designio divino, pero con la batalla entrada en el caos del cuerpo a cuerpo sucedió lo imprevisible. La espada cortó el cráneo del gigante de manera longitudinal y el chorro de sangre ne se dejó esperar. Poco es lo que recuerda Roderik de qué es lo que sucedió, sólo que quien lo salvó fue su evasivo amigo de la noche anterior y un par de palabras sueltas: "nos están masacrando" "regresa pronto". Luego su mente lo llevaría al momento en que montado en el caballo de Lugh se dirigía a la zona de "enfermería", donde le lavaron la herida y lo vendaron a gran velocidad.

De su regreso poco hay que contar, sólo que la cabalgata fue rápida y con una espada recogida de uno de los cadáveres, ya que no quedaban lanzas. Al llegar encontró a sir Mitran rodeado por tres de los fomorianos y, aunque logró derribar a uno, no pudo evitar la muerte de su mentor. La ira que invadió a Roderik fue terrible, comenzó a revolear su espada para todos lados y en cada golpe segaba una vida, y aquel que no moría por la espada era pisoteado por el caballo que había recibido.

-Ya era hora- El grito del orcadiano trajo a Roderik en si.
-Aquí tienes tu caballo- Contesto el joven oriundo de Londinium.

El hombre del Norte montó en su animal y, tomando una lanza enemiga del suelo y tirando su ya rota espada, se dirigió abriendo camino hacia el centro de la batalla, aprovechando el sendero de destrucción que dejaba a su paso sir Roderik le seguía a pie.

Entonces los jóvens caballeros pudieron ver luchar a los guerreros enviados por Arturo, los hombres de la Tabla Redonda; en especial a Gawain, enfundado en ropas blancas (que por cierto estaban bañadas en sangre) quien parecía derribar fomorianos con solo mirarlos desde su caballo. El nivel mostrado esa mañana por los Caballeros de Camelot fue inolvidable e inspirador, ya que los hechos de armas de ambos muchachos dieron mucho que hablar varios años después.

Pocos fueron los fomorianos que lograron escapar, pero el precio fue muy alto, sólo dos mil de los cinco millares que enfrentaron esa mañana a los gigantes del Oeste salieron con vida, y es que sólo dos mil ochocientos eran ellos (todos soldados de infantería), quienes murieron llevándose a, por lo menos, dos bravos guerreros brito-irlandeses cada uno.

Las horas pasaron entre el saqueo, el reparto del botín y el tiempo curando heridas, pero había llegado el momento de partir; instantes antes se había presentado sir Miler, Caballero de la Tabla redonda. La charla fue extensa y sustanciosa, el veterano guerrero había conocido muy bien al ya difunto sir Mitran. Antes de partir Miles le dijo a Roderik que el Rey prepararía un gran festejo con torneos de justa dentro de un año para conmemorar la gran batalla de ese día y afianzar la alianza con Hibernia, y le pidió que le avisara a su joven compañero.

Al despedir a Miles, Roderik se dio cuenta de que al terminar la batalla y con la búsqueda del cadáver de su mentor había perdido de vista totalmente a sir Lugh, entonces decidió buscarlo en el campamento. "No estaba herido" pensó, así que no está con los curanderos.

-¿Buscas al pequeño orcadiano? te dije que se iría bien terminada la batalla- Era la voz del tuerto de la noche anterior quien ya andaba con una jarra de cerveza en la mano.

-Su nombre es Lugh, hazlo saber a quienes cuentes sobre la batalla de hoy, y no olvides agregar que fue invitado dentro de n año a visitar Camelot junto conmigo por nuestros hechos de armas de hoy.
-¿Cuál es tu nombre joven Caballero?
-Soy sir roderik, ya oirás hablar de mi-

Aquí termina el cuento de sir Roderik y la batalla contra los fomorianos.






1 comentario:

Juana Azurduy dijo...

Hasta acá leí!! y lo volví a repasar todo en tu blog, me gusta mucho esta historia!!!
Besos, Debi :)